GENIO DE ARAGÓN

Profesor Dr. Guillermo Fatás *

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La aportación de Aragón a la cultura hispana puede considerase, en síntesis, de dos formas.

- Por un lado, la de los aragoneses singulares, que han sido muchos, a pesar de la escasez numérica de la población aragonesa en todo tiempo, y que han marcado fuertemente la cultura española. Aragoneses, y mucho, son, a título de ejemplo, el primer gran estadista europeo de la modernidad, Fernando II el Católico ; el heterodoxo más relevante de nuestro Renacimiento, Miguel Serveto , perseguido por todas las inquisiciones cristianas y quemado por Calvino en Ginebra; el más depurado y sólido de los historiadores españoles del XVI, Jerónimo Zurita ; el más característico pensador del Barroco y una de las cumbres del pensamiento barroco del XVII, Baltasar Gracián , cuya lectura nunca pasa de moda; los escritores del más depurado castellano del Siglo de Oro (la opinión es de Lope de Vega), los hermanos Argensola; José de Calasanz , creador de la escuela gratuita en Europa en un tiempo en la idea era a la vez utópica y temible; el más extraordinario genio artístico del XVIII y del XIX, Francisco de Goya, probablemente el español más conocido en el mundo, por encima, incluso, de Cervantes; los dos pensadores más característicos del "regeneracionismo", el jurista Joaquín Costa y el geólogo Lucas Mallada ; Santiago Ramón y Cajal , el mejor científico y neurólogo español del siglo que termina (uno de los más citados hoy día en la bibliografía especializada mundial, cien años después de sus descubrimientos); y uno de los cineastas más inclasificables y penetrantes de todos los tiempos, Luis Buñuel Portolés .

- Por otro, es también perceptible una especie de aportación colectiva, más compleja y difícil de concretar, pero que podría resumirse en dos rasgos salientes. El primero es un modo especial de concebir los derechos del individuo y de la persona. La tradición jurídica aragonesa, que nace de la costumbre y luego toma forma de ley, presenta rasgos asombrosos, por su precocidad. En pleno Medievo, el menor de edad, asistido por un consejo, toma decisiones desde los catorce años y la viuda no puede ser desamparada por los hijos; desde el gótico, el aragonés, si esta protegido por los Fueros, no puede ser sometido al usual tormento que se aplicaba en las causas penales en toda Europa, dispone de un tribunal de apelación frente al propio rey (el tribunal del Justicia de Aragón) , cosa del todo insólita y, en definitiva, de un procedimiento de "habeas corpus" . También es llamativo el criterio, casi milenario, de que la ley no puede prevalecer sobre el criterio acordado entre particulares, si lo pactan libremente: eso significa el viejo aforismo de que "hablen cartas y callen barbas", es decir, que donde haya papeles [cartas] suscritos por dos personas libres, nada tienen que decir jueces y abogados [barbas]. Y, también, algo que en plena Edad Media era un avance excepcional: que nadie está obligado a lo que es imposible ("ad impossibilia nemo tenetur"). Este apego de los aragoneses por la libertad personal ha marcado profundamente su historia y, por asimilación, la de España, pues muchas de estas instituciones han ido pasando, a menudo de forma explícita con invocación de la tradición aragonesa, a las sucesivas Constituciones españolas, aunque ahora parezcan hechos "naturales". De este apego les viene a los aragoneses su fama de testarudos, alguna vez objeto de chistes fáciles y chuscos, porque algunos han olvidado sus orígenes verdaderos. Así y todo, aún en los siglos XVIII y XIX, políticos y escritores, en España y fuera de ella, tanto Voltaire como los "padres constituyentes" de los EE. UU., De Amicis, Menéndez Pelayo o el prócer catalán Víctor Balaguer admiraban este tesón infatigable de los aragoneses por su derecho y sus "libertades".

- De esta actitud se derivó, en segundo lugar, un modo singular de concebir la política. El Reino de Aragón fue regido por una dinastía de su mismo nombre, la Casa de Aragón, de "los Aragón", que absorbió a la dinastía condal de Barcelona en 1150, por cumplimiento de un pacto matrimonial y de ahijamiento suscrito en 1137. El rey, que luego fue cabeza de un extraordinario complejo de Estados (la llamada "Corona de Aragón") estaba muy sujeto por las leyes ("fueros") del Reino Aragón, que debía jurar antes de acceder al trono y de convertirse en soberano titular de otros reinos, condados, marquesados y señoríos que integraban su "corona". Los Aragón, que reinaron en medio Mediterráneo, actuaron con sus súbditos de toda procedencia (catalanes, baleares, valencianos, napolitanos y sicilianos, corsos, sardos, roselloneses, etc.), según un sistema muy respetuoso con las "constituciones" de sus Estados, que mantuvieron su personalidad, sus leyes y monedas, etc., en todo momento. En ocasiones, el rey (siempre, un Aragón) convocaba un gran parlamento universal (Cortes Generales de sus Estados hispánicos), donde se establecían las bases de la política conjunta mediante pacto: este "pactismo", muy distinto de lo que acabaron siendo los usos autoritarios de los reyes en el resto de Europa, fue llevado a la Corona de España por Fernando II de Aragón y V de Castilla, cuya boda con Isabel I de Castilla no supuso la "castellanización" de la Corona de Aragón, en la que cada país conservó sus perfiles peculiares. En ese sentido y salvadas las distancias, el talento político de Aragón y de su dinastía homónima presenta hoy, en el Estado de las Autonomías y en la Unión Europea aromas de gran modernidad

 

* Prof. Dr. Guillermo Fatás. Catedrático de Historia Antigua, Universidad de Zaragoza. Director del diario "Heraldo de Aragón" . Premio Aragonés del aņo 1995 .

Zaragoza - Diciembre-2000

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